(In: 1. Encuentro Internacional en Pécs de Latinoamericanistas de
Europa Central Pécs, 2003. április 4-5.) és
(In: Iberoamericana Quinqueecclesiensis 2. Eds.: Ferenc Fischer, Gábor Kozma,
Domingo Lilón; Universidad de Pécs, Centro Iberoamericano, Pécs, 2004., 537-554. o.)
El tema de la ponencia es la presentación de la vida de la mujer
azteca[1] en el siglo XVI, teniendo
en cuenta sobre todo su educación. La ponencia presenta brevemente el
papel desempeñado por las mujeres en México durante la conquista, sus
preocupaciones cotidianas, su posición social. Tratando sobre su educación y
sus deberes, nosotros utilizabamos (como la fuente más importante de esta
investigación) el trabajo de Fray Bernardino de Sahagún, cuyo título es
Historia general de las cosas de la Nueva España.[2]
Las fuentes y las limitaciones de la investigación
Durante el desarrollo de la investigación nos enfrentamos con varios libros y
articulos contemporaneos, en castellano, en francés y en inglés. Ha habido
historiadores, etnohistoriadores y arqueólogos que se han interesado
especialmente por el estudio de la problemática femenina en el México
antiguo, y hay otros investigadores que en sus trabajos sobre las sociedades
prehispánicas se han preocupado por expresar su opinión respecto a la
situación de la mujer en esas
comunidades.[3] Ahora nosotros nos
referimos solamente a unas obras primordiales: el trabajo de María
Rodríguez,[4] Ferdinand
Anton,[5] Jacques
Soustelle,[6] Silvia
Tarazona[7] y Louise
Burkhart.[8] Las fuentes primarias de las
investigaciones fueron los libros antedichos de Fray Bernardino de Sahagún,
de la segunda mitad del siglo XVI, y que se conservaron en el Códice
Florentino, en la lengua náhuatl, castellano y
latino.[9] Sahagún (1499?-1590), monje
franciscano, es quien con más detalle expresa las condiciones que afectaban
a las mujeres indígenas, sus trabajos, sus actividades
domésticas,[10] y le interesaba mucho la
educación azteca, por eso su obra es muy bien utilizable para estudiar la
historia de la educación. Bernardino Sahagún vivió más de 60 años en
Nueva España, desde 1529 hasta su
muerte.[11] Tenían él y sus colegas
franciscanos como misión primordial atraer al cristianismo a millones de
indígenas vencidos. Él aprendió muy pronto la lengua náhuatl y trabajó muchos
años en varias comunidades nativas. Por el método que diseñó para
investigar, y por cuanto obtuvo sobre la cultura de los pueblos nahuas,
Sahagún ha sido reconocido como pionero de la
antropología.[12]
Su trabajo es muy importante de verdad en relación con nuestro tema, pues los
cronistas en general, como sin excepción fueron varones, muchos de ellos
religiosos, se sintieron poco motivados para escribir sobre las mujeres y lo
relacionado con ellas. Otra de las limitaciones de esta investigación es que
los cronistas españoles se avocaron a escribir prioritariamente sobre
la educación, las costumbres, el estilo de vida de la clase dominante, pese a
que este grupo sólo constituía menos del 10% de la
población.[13] La cuestión básica de
nuestra ponencia: cómo era la posición de las mujeres en esta sociedad y como
las educaron, como las prepararon para cumplir sus deberes? Muchos
investigadores buscan las respuestas, pero hay muchos problemas discutibles
en relación con estos temas. El punto básico es la historia y la cultura
azteca, la construcción de su sociedad y sus principales valores.
Breve historia de los aztecas
Después de una larga peregrinación, los aztecas aparecieron en el valle de
Méjico a principios del siglo XIII. En 1325 fundaron Tenochtitlan, en medio
de la laguna de Méjico, en un sitio pantanoso. En el siglo siguiente ellos
realizaron grandes conquistas, y durante esto establecieron nuevas formas de
dependencia de los pueblos vencidos, que innovaban el sencillo y primitivo
sistema tribal de los nahuas. La base de la organización política y social
de los aztecas era el clan. Ellos fueron eminentemente guerreros y debieron
su pervivencia precisamente a sus condiciones bélicas, que les permitieron
resistir la presión de pueblos más fuertes y superiores en número. La base
de su economía era la agricultura, especialmente el maíz, que cultivaron con
varientes del sistema usado por los mayas. Eran buenos artesanos, fabricaron
todo lo que era necesario para su vida cotidiana. Artísticamente, significan
también los aztecas la culminación de los procesos culturales anteriores. La
arquitectura, la escultura, la pintura eran practicadas por los aztecas y
entre su artesanía se cuenta el trabajo de madera, la cerámica y la plumería.
Gracias al arte tenemos una idea bastante exacta de lo que fue la religión
azteca. Contaba ésta con un surtidísimo panteón de grandes dioses, entre los
que descuellan el sanguinario Huitzilopuchtli, el guerrero
Tezcatlipoca, el civilizador Quetzalcóatl (que en realidad es
una divinidad tolteca adoptada por los aztecas) o Tlaloc, el dios de
la lluvia. Los ritos de su religión eran tremendos y casi siempre
sangrientos.[14] Tenían también muchas
diosas en su panteón, por ejemplo Tlazolteotl, la diosa quien era el
arquetipo de la Madre, de la mujer
madura.[15] Así toda la vida entre los
aztecas se desarrolla bajo la protección de la religión y no se efectúa
ninguna acción sin los auspicios de los sacerdotes, con ceremonias,
sacrificios y ofrendas a los dioses, amos y señores de todo su
universo.[16] La religión y el ritual
jugaban un importante papel en la vida cotidiana de las mujeres también. En
lo sucesivo presentaremos cuál era su condición, cómo y para que las educaron
en la sociedad azteca teniendo a la vista las obras de Sahagún.
El parto y nacimiento
En la mitología indígena nahua los niños eran concebidos en el más alto
de los cielos, eran regalos de los dioses, por eso las futuras madres
recibían un esmerado cuidado por parte de parientes y parteras, pero tenemos
que acentuar que estas atenciones se relacionaban directamente con los
recursos económicos, su posición social y (después del parto) con el género
del recién nacido. La hora del parto los aztecas llamaban la hora de la
muerte, la partera hablaba sobre el mundo a la criatura como un lugar
de cansancio, arduo trabajo y gran
congoja.[17]
Sahagún escribe sobre el nacimiento de la niña:
Hija mía, y señora mía, ya habéis venido a este mundo. Haos acá
enviado nuestro señor, el cual está en todo lugar. Habéis venido al
lugar de cansancios y al lugar de trabajos y al lugar de congoxas, donde hace
frío y viento. Notad, hija mía, que el medio de vuestro cuerpo corto y tomo
tu ombligo, porque así lo mandó y ordenó tu madre y tu padre Yoaltecuhtli,
que es el señor de la noche, y Yoaltícitl, que es diosa de los
baños. Habéis estar dentro de casa, como el corazón dentro del
cuerpo.[18]
La diferencia en el trato a las mujeres y los hombres ya se evidenciaba desde
el nacimiento. Mientras a ellos se les daba la bienvenida, si salía a la luz
una niña, según el ritual azteca la comadrona cortaba el cordón umbilical
de ella, y lo enterraba bajo las cenizas del hogar, en señal de que no
saldría de la casa y tendría cuidado en la preparación de las bebidas y
comidas,[19] con palabras siguientes:
No habéis de andar fuera de casa. No habéis de tener costumbre de ir a
ninguna parte. Habéis de ser la ceniza con que se cubre el fuego en el hogar.
Habéis de ser las trébedes donde se pone la olla. En este lugar os entierra
nuestro señor. Aquí habéis de trabajar. Vuestro oficio ha de ser traer
agua y moler maíz en el metate. Allí habéis de sudar, cabe la ceniza y cabe
el hogar.[20]
Este ritual nos enseña con claridad que la situación de las mujeres en
la sociedad azteca era completamente distinta a la condición de los hombres.
Las mujeres aztecas fueron sustraídas de todas aquellas actividades que
implicaban riqueza, poder o prestigio, entre las que podemos mencionar el
comercio, la guerra, la cacería ritual y el
sacerdocio.[21] María Rodríguez escribe
sobre esta posición subalterna de las mujeres aztecas que esta se debía
entre otras cosas al hecho, de que su sociedad era profundamente
militarizada.
La educación familiar de las niñas
Las mujeres aztecas, cualquiera que fuese su status, daban el pecho a sus
hijos durante los dos primeros años de vida. A partir de esta edad la
rígida división sexual del trabajo determinaba una educación especializada
a cargo del progenitor del mismo sexo. La niña aprendía de la madre los
quehaceres domésticos y las técnicas del hilado y del tejido, así como los
rudimentos del culto.[22] Tenemos que
subrayar que la educación femenina entre los nobles en general fue mucho más
estricta que la de gente del pueblo. A las niñas se les enseñaba a
comportarse con recato y decoro, aprendían desde muy chicas cómo habían de
hablar.
Sahagún escribe:
... cuando hablares, no te apresurarás en el hablar; no con desasosiego,
sino poco a poco y asiosegadamente. Cuando hablares, no alzarás la voz ni
hablarás muy bajo, sino con mediano sonido. No adelgazarás mucho tu voz cuando
hablares o cuando saludares, ni hablarás por las narices, sino que tu palabra
sea honesta y de buen sonido, y la voz mediana. No seas curiosa en tus
palabras.[23]
Además las niñas aprendían a honrar a las ancianas y a sus mayores. Los
cronistas (Sahagún mismo) cuentan que si las niñas encontraban en su
propia casa a algún adulto y no le saludaban, éste se podía quejarse con su
madre o con su nana y podían recibir una reprimenda y un castigo. Los
atributos que les eran exijidos eran la virginidad, la obediencia, el racato
y la honradez.[24] Sahagún escribe que
la moza que era buena presume de la honra para guardarla, es esquiva,
escondida, celosa de sí misma, casta, se guarda y tiene mucho cuidado de su
honra y de su fama. Y relata sobre el vestido y el andar conveniente de
una niña:
Mira que tus vestidos sean honestos... Mira que no te atavíes con cosas
curiosas y muy labradas... Mira, hija, que en el andar has de ser honesta. No
andes con apresuramiento ni con demasiado espacio, porque es señal de
pompa de andar despacio y el andar de prisa tiene resabio de desasosiego y
poco asiento. ... Irás derecha y la cabeza poco
inclinada.[25]
Como este texto y las otras fuentes nos enseñan, entre los aztecas
era muy importante la enseñanza del comportamiento y las normas
morales, en las que la mujer debía de asumir una actitud de
humildad.[26] Se esperaba que
fueran mansas, pacíficas, que practicaran la castidad, la honradez. Se les
pedía que fueran consideradas y discretas, siempre atentas y solícitas a los
deseos de los demás sirviéndolos, humillándose y respetando a todos. Sahagún
escribe sobre la buena madre: Es como esclava de todos los de su casa.
Congóxase por la necesidad de cada una. (...) Es guardadora. Es laboriosa o
trabajadora.[27] Y sus líneas
sobre la hija virtuosa son: La moza o hija que se cría en casa de su
padre estas propiedades tiene: es virgen de verdad, nunca conocida varón; es
obediente, recatada, entendida, hábil, gentil mujer honrada, acatada,
biencriada, doctrinada, enseñada de persona avisada, avisada,
guardada.[28]
Las mozas por estos motivos vivían apartadas en recintos especiales en los
que debían permanecer. No salían de sus aposentos a las huertas y vergeles
de su casa a menos que fuesen acompañadas de sus chaperonas. Las tenían
tan recogidas y ocupadas en sus labores de costura que casi nunca salían, y si
alguna vez eso era necesario entonces lo hacían con mucha y grave
compañía. Las padres prohibían a sus hijas conversar a solas con
cualquier hombre, ya que tal privilegio se reservaba al marido.
Una parte muy importante de la educación de las niñas era la asimilación
de las actividades del trabajos domésticos. ¿Cuál era el trabajo asignado
a la mujer noble? En el libro de Sahagún se lee que el oficio de las mujeres
es hilar y tejer, en el siglo XVI ellas eran obligadas a hacer y guisar
la comida, debían ser diestras y diligentes en la preparación de
manjares y bebidas delicadas, y debía ocuparse personalmente también de la
confección de los vestidos de su marido y sus hijos, y tenían que guardar y
críar a sus niños.[29]
En general, las mujeres del pueblo los siguientes trabajos domesticos debían
realizar: a.) vigilancia y mantenimiento del hogar b.) barrer la casa y el
patio c.) lavar los trastos de cocina y la ropa d.) moler el maíz y cacao e.)
recolectar vegetales comestibles y leña f.) cocinar y preparar los
alimentos y guisos g.) ayudar a las tareas agrícolas en la milpa o en el
huerto familiar y colaborar como auxiliar en las actividades artesanales
h.) hilar, tejer y bordar la ropa para la familia y para el tributo i.)
alimentación, educación, cuidado y socialización de los
niños.[30] Además como
escribe Sahagún las mujeres que pertenecían al grupo más pobre de la
sociedad azteca, a diferencia de la noble, tenían que dedicarse a la venta de
algunos artículos y servicios en el mercado para obtener ingresos que le
permitieran completar el gasto familiar. (Es verdad que Sahagún es el único
cronista que menciona la participación femenina en este tipo de transacciones
y es posible que hubiera sido ejercida por un número insignificante de
mujeres.)[31]
La educación formal
En la sociedad azteca existían tres tipos de escuelas: calmecac,
telpochcalli y cuicacalli. Calmecac y telpochcalli funcionaban en
el templo, y cada una de ellas estaba dedicada a deidades diferentes.
Las niñas igualmente que los niños podían asistir a
estos lugares de la educación formal; en general su escuela estaba enfrente
de la casa de los hombres. Las muchachas eran enviadas al templo por
una promesa, generalmente proveniente de los padres, la cual consistía en
servir al templo por un año, varios años o hasta se casaron. (...)
Había muchas que desde pequeñas se criaban
allí.[32] Cuando los padres
ofrecían a sus hijos o hijas al templo, hacían grandes festejos. Así nos
relata sobre ésto en su obra Sahagún:
Y cuando el niño o niña era prometido de meterlo en el
monasterio, los padres hacían fiesta a los parientes. Dábanlos a comer y
beber. Y si el padre y la madre querían meter a su hijo o hija en el
monasterio que se llaman telpochcalli, enviaban a llamar al que allí
era mayor, que le llamaban
telpuchtlatoque.[33] Comían y
bebían y daban dones, mastles y mantas y flores por vía de amistad. Y el
principal de aquella religión que llama telpochcalli, después de haber comido
y bebido y recibido dones, tomaban en brazos a la criatura, hembra o varón, en
señal que ya era su súbdita todo el tiempo que estuviese por casar, y
en señal que ya era de aquella religión o manera de vivir que llaman
telpochcalli...[34]
Como escribe Sahagún, los padres dirigieron palabras muy hermosas a sus
niñas entradas a la escuela:
Hija mía, muy amada, chiquita, delicada, palomita la más amada....
mira, que no vas a alguna casa de malas mujeres, donde se vive mal, que no
vas sino a la casa de Dios, donde Dios es llamado y adorado con lloros y
con lágrimas.... en este lugar quien llora y quien es devoto, y quien
suspira, y quien se humilla, y quien se llega a nuestro señor, hace
gran bien para sí...[35]
La enseñanza formal de las niñas era pagada por los padres y
familiares de ellas y consistía en dádivas como escobas para barrer,
incensario de barro e incienso llamado copalli blanco, así como leña,
que se entregaban al quacuillio sacerdote. Sobre ésto cada veinte
días las madres de las niñas tenían que llevar al calpulco
o parroquia de su barrio otras ofrendas, como codornices, flores, cañas
de humo, comida y una manta llamada
tlacaquachtli.[36]
Desgraciadamente, por ausencia de las fuentes primarias no podemos establecer
exactamente la índole de estudios que se les impartían en las escuelas de las
niñas aztecas. Pero sabemos mucho sobre sus deberes y trabajos durante
los años de la educación formal. La vida de las muchachas consistía en
preparar los alimentos a los dioses, debían de moler y hacer el cacaotl,
también debían de barrer los patios y la parte baja de los templos, porque
no les estaba permitido subir a lo alto de ellos. Tejían hermosas mantas
para los vestidos de los dioses y hacían adornos de los mismos. Por supuesto,
una de las más importantes labores que desempeñaban estas mujeres en el
templo era su participación en todas fiestas y rituales a sus dioses, que
eran muchísimos, participaban danzando y cantando ante los ídolos y
naturalmente su actitud debía ser muy honesta.
Una de las cosas más importantes en el comportamiento de las niñas era
su castidad y honradez, y el castigo al no cumplimiento de estos dos preceptos
era la muerte. No se les permitía reírse con un hombre y si lo hacía le daban
penitencia.
Sahagún escribe como hablaron los padres a sus niñas:
Mira que te guardes mucho que nadie llegue a ti, que nadie tome tu
cuerpo. Si perdieres tu virginidad y después desto te demandare por mujer
alguno y te casaras con él, nunca se habrá bien contigo ni te tendrá verdadero
amor. Siempre se acordará de que no te halló virgen, y esto te será causa de
gran aflicción y trabajo. Nunca estarás en paz; siempre estará tu marido
sospechoso de ti. Oh, hija mía muy amada, mi palomita! Si vivieres sobre la
tierra, mira que ninguna manera te conozca más que un
varón.[37]
En lo que concierne a los castigos de las niñas tenemos muchos relatos.
En general los castigos eran muy rigurosos. El más conocido de ellos
era el de tostar chiles y hacer aspirar el humo al castigado, pero hay
relatos que dicen que también se les untaba con chile cuando un especial eran
deshonestas y coquetas. También les daban de pellizcos en las orejas y los
brazos[38] y según el Codice
Mendocino[39] eran castigadas con púas
de maguey clavadas en el cuerpo. Todos estos castigos eran por no cumplir
su trabajo, por ser traviesas, flojas o si se ausentaban de su labor o si
salían a la calle.[40]
El tercer tipo de las escuelas era el cuicacalli, donde se reunían
hombres y mujeres para aprender los múltiples ritos y ceremonias en los que
participarían con su música, canto y danzas. Según las fuentes todas las
ciudades tenían estas escuelas, estaban junto a los templos, eran unas casas
grandes y muy bien edificadas. En general entre los diecisiete y los veinte
años la mujer azteca finalizaba su educación y comenzaba una nueva
etapa: la vida matrimonial.[41]
Después de la ceremonia de casamiento la vida cotidiana de las casadas
aztecas se repartía entre las actividades domésticas y el culto a los dioses.
El deber más importante de las mujeres era la educación de sus hijos. Cuando
las mujeres ya no eran fértiles, no perdían su valor dentro de la sociedad.
Por el contrario, se les reverenciaba y quería porque habían adquirido la
experiencia y la sabiduría. Sahagún en su obra se acorda de las abuelas y
bisabuelas: En esta lengua para decir abuela tiene vocablo particular
que es citli o teci. La abuela tiene hijos, nietos y tartaranietos. La
condición de la buena abuela: reprende a sus hijos y nietos, ríñelos y
doctrínalos, y castígalos; enséñalos cómo han de vivir. (...) La
bisabuela es de edad decrépita. Es como niña en la condición. La
bisabuela buena es digna de ser loada, digna que se le agradezca el bien que
hizo a sus descendientes. Glórianse los descendientes de nombrarla por su
bisabuela.[42]
Conclusión
Sumariamente se puede establecer que entre los aztecas las muchachas en su
niñez enseñaban en la familia, y desde su mocedad a menudo
estudiaban en una escuela. Según su genealogía, ellas tenían deberes
divergentes, por eso recibían educación diferente, pero independentemente de
su origen todas tenían que vivir una vida honesta, modesta, posiblemente
virginal y laboriosa. Es importante subrayar que los aztecas amaban a sus
hijos, manifestaron mucha solicitud hacia su educación, tenían escuelas
maravillosas y muy bien organizadas. Creían en la fuerza e importancia de la
educación, y sabían que para guardar una cultura de alto nivel, para hacer
prosperar una sociedad es necesario la organización de la transmisión de sus
valores y tradiciones.
La conquista europea rompió su civilización, pero unos cronistas (como Sahagún
mismo) nos inmortalizaron la historia y fama de los aztecas. El tema de mi
ponencia merece más investigaciones aquí, en Europa, pues tenemos que crear
una nueva historia de la educación. El siglo XXI nos obliga a cambiar del
paradigma de esta disciplina: tenemos que estudiar una historia verdaderamente
universal. Para solventar las dificultades del mundo actual, debemos aprender
y sacar fuerzas de los valores antiguos.
Las fuentes del siglo XVI, sobre todo la obra examinada por nosotros, el libro
de Bernardino de Sahagún relatan sobre la historia gloriosa e impresionante
de los aztecas. A pesar de los problemas del análisis
crítico[43] se puede declarar que
comparando su obra con otras fuentes primarias las informaciones de Sahagún
son útiles e inspirantes. Naturalmente, él también como los otros
cronistas de la época[44]
reflecionaba su educación, su religión y cosmovisión en sus libros, por eso
tenemos que leer con mucho crítico sus obras. A pesar de todas limitaciones
y problemas de investigación, siguiendo sus pasos y utilizando las otras
fuentes, tenemos que conocer la cultura azteca, en general a los otros,
gentes de lengua y cultura radicalmente distintas a nosotros, para planificar
un futuro más feliz.